ETHER MEMORY

45 sueños y 45 ilustraciones componen el grueso de este proyecto, un libro ilustrado donde se recopilan algunos de los sueños que desde hace tiempo llevo anotando, en un intento de almacenar lo que no llega a la mente consciente, y tan solo se manifiesta en el profundo subconsciente mientras dormimos.

Tan difícil de agarrar es en ocasiones el sueño, que suele escurrirse entre los húmedos dedos de la memoria recién despierta, aletargada, que acaba de volver a posarse en el mundo real todavía con parte de su cuerpo en las nubes. Pero el cerebro, como el resto del cuerpo, puede entrenarse, y es más que considerable la mejoría de mis capacidades de retención de os sueños desde que la entreno, que en ocasiones puedo conservar incluso tres o cuatro, aunque más de uno hayan sucedido hace horas, antes de volver a dormirme.

​Más de 300 sueños anotados hasta la fecha, cuyo contenido varía desde invasiones monstruosas hasta viajes por mundos inexplicables, todo narrado de la forma más fiel posible, tratando de poder expresar mi experiencia al lector como si fuese él el soñador y, en ocasiones, añadiendo un final, éste sí, inventado por mi mente consciente, consiguiendo mediante estos finales conectar varios de los sueños, dando lugar a un conjunto de relatos enrevesados, extraños y variados, procedentes de lo más profundo de una mente muy inquieta.

A continuación, una pequeña muestra de algunos de los relatos que componen mi libro ETHER MEMORY:

FRÍO

Y

CALOR

La luna causaba una pálida luz máxima a la nocturna gama de tonos azules.
Un pasillo se extendía desde la entrada hasta el fondo de la casa, más oscuro cuanto más profundizaba, mientras sus últimas puertas ocultaban su contenido, casi invisibles. En cambio, la primera puerta del pasillo a la derecha estaba abierta de par en par, haciendo que el preponderante azul oscuro se viese quebrado por un fantasmal blanco que entraba desde el cielo, proyectando una silueta descuadrada mediante luz de difusos contornos encajada en los ángulos del pasillo.
La puerta enfrente de ésta era la de la cocina y, entreabierta, daba paso a una tímida coloración también azul, pero más suave que la de la dominante oscuridad. La siguiente habitación, en la misma pared que la primera, estaba casi cerrada, y sólo ofrecía una línea del mismo color, poco distinguible del suelo.
El pasillo era un camino que se perdía cada vez más en una penumbra de tonos acuosos profundos, su envoltura transmitía una sensación sombría y extrañamente melancólica, como si el lugar fuese familiar sólo a medias, sabiendo que había algo más, algo distinto, desconocido y tenebroso que llegaba a través de una mezcla de sensación y conocimiento, lo que hacía saber que conducía a algún lugar concreto que con angustia y claustrofobia se sabía no pertenecía a aquella casa.
Girando a la izquierda al cruzar el marco de entrada se encontraba un amplio salón que, aun estando construido con luces y sombras de la misma paleta que el pasillo, era su opuesto en sensación y efecto.
Dormíamos en ese cuarto unas pocas personas, entre ellas mi chica Marta y algunos amigos.

 

 

 

 

 

 


Caminamos por una superficie de tierra compactada por la continua y prolongada presión de miles de pies. La perspectiva del mundo era ligeramente diferente de lo normal, aunque conocida; todos eran más altos que yo, mi línea de visión coincidiría con el final del esternón del resto de transeúntes.
Paseaba con mi familia por Marruecos, por una explanada que se extendía austera y marchita con algún escueto puesto de venta puntual, y el espejismo de formaciones ondulantes en el horizonte, que pronto se condensaron no muy distantes para alzar un gran muro marrón oscurecido por el paso del tiempo, con zonas negras que revelaban haber sido expuestas al fuego u otras inclemencias; en lo alto, ornamentaciones geométricas cubrían los sucesivos y muy espaciados montículos de la muralla.


Anduvimos por la llanura hasta penetrar en el suelo, a través de una de las aperturas cuadradas que se repetían en fila separadas unos treinta metros entre sí, por la toda explanada.
Al bajar por las escaleras del mismo material, color y estado que la muralla, se podía comprobar el grosor del suelo como cuando la línea de la superficie del mar queda situada a la mitad de las gafas de buceo. Mediría unos treinta centímetros de grosor, y no me sorprendió que toda la explanada fuese la fina corteza de un inmenso lugar subterráneo, y que éste no se hundiese por su propio peso a falta de puntos de apoyo.
El gran espacio se extendía iluminado por luz natural, igual que en la superficie, como si ambos fuesen el nivel “normal”. Aunque no se veían entradas de luz, tampoco se veían paredes que negasen que aquella era tan solo otra superficie distinta. Puede que más curioso incluso que ese reto a la lógica, fuese el suelo del nivel que ahora cubría nuestro paseo turístico: entre la tierra comprimida se disponían multitud de raíces longitudinalmente, que no interactuaban entre ellas excepto en escasas ocasiones, y se alternaban con raíles ferroviarios al llegar a una depresión de unos ocho metros de ancho (tal vez menos, pero así me lo ofrecía mi perspectiva) cortada en el suelo, y pocos palmos de profundidad.
Las raíces hacían a veces de raíl, extendiéndose sobre traviesas perpendiculares que junto a ellas formaban las vías. Era una extraña mezcla entre metal, raíces y madera procesada que me pareció una idónea y seductora zona de juegos. Comencé a hacer equilibrio y a saltar de raíles a raíces y de raíces a raíles, observando que algunas de las raíces empezaban a adoptar una forma más uniforme y aplanada por encima del metal, y posteriormente de forma independiente, como si un aniguo tren las hubiese deformado al utilizarlas.
Avancé equilibrándome con los brazos extendidos, mirando el estrecho camino por dónde sobresalían mis pies, uno tras otro, concentrado y preciso, cobrando constancia de la joven edad que tendría dentro de lo que ésta mísma me permitía. Me apetecía mucho aquel juego, sabiendo que mi familia estaba mirando y vigilándome, lo pasaba bien; levanté la mirada para continuar en línea recta sin mirar abajo, sobre una raíz cuya superficie era ya prácticamente plana.
Mientras paseaba la vista por aquél lejano y desconcertante lugar sin darle importancia, algo la adquirió y llamó mi atención fuera del largo socavón en el que jugaba. Era una figura humana, de raza árabe, sentada sobre la castigada tierra desnuda, y me acerqué a ella atraído por algo que chirriaba en su silueta.
El hombre estaba unido al suelo por medio de raíces que se mezclaban con la parte inferior de su cuerpo y comenzaban a invadir sus inmediaciones.
Tras observar mi aproximación y responder con un suave gesto de bienvenida a mi cara de asombro, me contó que un día se sentó en el suelo y permaneció allí demasiado tiempo; vagueando, evitó sus quehaceres, y la pereza fue la causante de que ya fuese demasiado tarde para levantarse. Cuando acabó de narrarme su historia y me di la vuelta para regresar con mi familia, una última frase me hizo girar la cabeza, buscando directamente los ojos oscuros que habían hablado casi sin dejarse distinguir el iris de la pupila:
— “Si permaneces aquí, morirás”— dijo con neutralidad la figura. Las palabras no helaron mi sangre ni me infundieron temor, más bien confirmaron un miedo que ahora se manifestaba como una preocupación anterior, latente desde que estábamos en la superficie… o en otro lugar, o en otro color.

 


De nuevo en la casa de campo, de vuelta en aquella noche azul, inquietante y familiar. Allí nos hospedábamos al parecer durante el viaje.
Dormía en el cuarto del fondo, en la puerta opuesta a la entrada y separada de ésta por la lobreguez. Me encontraba en el punto más oscuro de la casa.
A pesar de estar envuelto en varias capas de mantas y edredón que me aislaban del frío, comencé a sentir una anormal humedad perforando cada vez más en mi cuerpo. El acceso a la habitación se encontraba al final de la pared larga derecha, comprendiendo el espacio desde la cama, fuera del alcance de la vista de la entrada principal.
Cerca de la esquina opuesta a la puerta, un cabecero de cama se apoyaba solitario con fríos barrotes metálicos contra la pared, y una sillita para bebés con juegos interactivos quedaba elevada del suelo unos cincuenta centímetros sobre tres patas que adelgazaban en su descenso, distinguiéndose levemente en la oscuridad por su color claro.
La humedad se intensificó haciéndose cada vez más molesta, hasta el punto en que me obligó a levantarme en busca de una solución. Una suave luz entraba por la mínima apertura que quedaba entre la persiana y el alfeizar, iluminando una baja estructura rectangular de un tamaño poco inferior a una cama, dentro de la estancia.
¿Qué era eso?
Una vieja y algo oxidada compuerta metálica cubría parcialmente su totalidad superior, y al acercarme, noté la punzada de la humedad y el frío a su alrededor como las púas de un erizo.
Aquello era nuevo, no había estado jamás en esa casa, no era de allí. Generaba una atracción casi magnética sobre mí, no por albergar una posible solución a la rémora de la somnolencia, sino por alguna otra razón incierta. Agarré una de las asas dispuesto a abrir media compuerta, y resultó muy fría al tacto, como metal expuesto a la intemperie del invierno; la levanté despacio, mis ojos ya estaban acostumbrados a la falta de luz de la habitación, pero una nueva oscuridad dentro de otra necesitó unos segundos para ser atravesada.
Lo que en el interior de aquella estructura se mostró fueron las lóbregas aguas de un pozo, pero lo que me intrigó más que el hecho de que hubiese un pozo en mi cuarto fue que pareciese que éste estaba en mitad del jardín, ya que entre la puerta rectangular dividida en dos cuadrados y el agua oscura, había una gruesa capa de tierra encima de una de ladrillo, y sobre la capa de tierra había otra de césped y demás plantas brotando de recovecos. Me fijé en que aquellas capas, verde, marrón y rojiza, constituían los únicos colores distintos a los del resto de la monocromática casa.
Me vi hipnotizado por el anonimato del agua, contemplándola fijamente sin considerarla. ¿Qué hacía allí? Era una pregunta que no me solía hacer ante situaciones mucho más incoherentes e inexplicables. La curiosidad me hechizó ante algo mucho más simple de lo que había vivido hace tan sólo un rato, entonces, ¿por qué me resultaba tan conscientemente extraño aquel pozo?
No podía dejar de mirar el agua… perdido en su cosmos de azules destellos oscuros, un espectáculo de fuegos artificiales apagados y translúcidos que engullían la luz y el calor. Sentía incomodidad ante no saber qué era, querer saberlo, y no poder.
Me hallaba de cuclillas con la espalda encorvada y la cabeza asomada al gran recipiente, apoyadas mis manos en el canto sin dejar que la punta de mis dedos quedara expuesta a aquella líquida visión por temor a lo desconocido.
La densa oscuridad húmeda se secó poco a poco pasando a ser un gris oscuro, cálido y vibrante, con una textura de grano parecida a la de la fotografía estenopéica.


Estaba tumbado. A mi derecha se ampliaba la gran ventana del salón, haciendo visible la montaña sembrada de las lejanas luces nocturnas del pueblo que contrastaban amarillas con la atmósfera exterior púrpura mezclada con el tono imperante ya conocido. Otra ventana se abría delante de mí orientada al interior del porche, pero sólo dejaba ver a través de una franja vertical de unos dos palmos en su extremo derecho, por suerte justo en mi orientación, a causa de la obstaculización de un tablón de madera que la cubría casi al completo.
Encontré la fuente del calor que estaba secando mi interior, Marta estaba acurrucada de perfil con la cabeza y el brazo sobre mi pecho, su pelo arropaba mi brazo, cuya mano agarraba su hombro con suave y cariñosa firmeza. Estábamos en el amplio salón, mezclado parcial e indescriptiblemente con la habitación del fondo, pero no con su tiniebla. La proximidad de Marta había añadido un color cálido al la fría paleta, haciendo la estancia más confortable y tranquilizando mi cuerpo y mi mente.
La luna volvió a hacerse notar cuando me di cuenta de que nos cubría con su placentera luz sin dejar ver su cuerpo. La visibilidad nocturna sin necesidad de iluminación artificial ahora se apreciaba en el exterior, no solo entrando en la casa por dónde se le permitía, ahora era libre y desvelaba el bosque que rodeaba la casa más allá de la cercana valla, que custodiaba con bondad a varios robles dentro de la finca, que extendían sus ramas sobre ésta pretendiendo alcanzar al resto de árboles en libertad.
Acerqué mi cara a la de Marta, la miré con cuidado, apreciando su contorno y su mimoso volumen dormido, pero algo rompió la tranquilidad con sutileza, algo había pasado pequeño, por la parte alta de la ventana que daba hacia el pueblo, sin darme tiempo a verlo con claridad. Por su movimiento, intuí que pasaría por la estrecha franja a mi frente, a si que presté atención, y entonces cinco avispas trazaron su acertado recorrido por el espacio visible de la ventana del porche, haciéndose perceptibles durante uno o dos segundos pintadas igual que el paisaje, destacando lo suficiente gracias a la luz blanca. Entre todas, cargaban un avispero formado por tres piezas unidas; abrí mucho los ojos ante la singularidad, y miré a Marta sin saber si estaba despierta, preguntándole si ella también lo había visto, pero se limitó a producir un mullido sonido que daba a entender que dormía plácidamente.


Quizás fue ese toque surrealista, esa chispa que activó mi acomodada mente para buscar, para preguntarme, lo que me llevó de vuelta al extenso reptar de raíles y raíces.
Volvía a jugar sobre ellos despreocupado, me movía sin mirar al frente, sin fijarme más que en el lugar dónde debía poner el próximo pie, en vez de mirar el camino total. Algo llamó mi atención fuera del socavón dónde más se aglomeraba el entramado, y me acerqué.
Era un hombre sentado, pero no en el suelo, sino en una extraña silla, y al acercarme descubrí que una gran cantidad de raíces de distinto tamaño, color y ternura, brotaban del suelo uniéndose con todo su cuerpo, que había perdido prácticamente su forma original; podía intuirse su postura por la curvatura del conjunto además de por su rostro prácticamente libre de invasión, excepto por un delgado rizoma que se introducía en su lagrimal izquierdo.
Las raíces mezclaban sus tonos marrones con los similares del suelo y la piel tostada formando un todo. El turbante y la ropa blanca asomaban a la superficie en escasas ocasiones.
Me saludó. Nos conocíamos. Ambos estábamos tranquilos, él me hablaba y yo le escuchaba, analizándole. Su mirada se balanceaba por nuestro alrededor, la mía tanteaba lo que a él le sucedía y se alineaban de cuando en cuando sin incomodidad, para volver a separarse y pulular.
La prensada tierra pareció palpitar levemente entre las cepas o “pies” del hombre, alrededor de un conjunto de cuatro o cinco raíces que surgían de ella, y me fijé que recorrían el cuerpo de aquel sujeto respetándolo, sin fundirse con él al menos hasta llegar a la cabeza, donde se hundían profundas en su nuca, apiñadas y bien sujetas. Se podía apreciar su independencia al seguir con tanteo los escasos movimientos de la cabeza que las zarandeaban.
La tierra se agrietó un poco con el movimiento en la base de las raíces sueltas, que a su vez comenzaron a adoptar unos ondulantes tonos morados mezclados con el marrón autoritario. Los nuevos y vibrantes colores comenzaron a trepar por cada una de las raíces independientes abriéndose paso por la dura tierra; el marroquí observó el fenómeno, haciendo descender las pupilas sin mover la cabeza. Cerró los ojos con tranquila resignación, como si lo esperase.
Habló mientras las raíces se movían por el avance de los colores en su interior, abultándose por éste y revelando, junto a la explicación del hombre, que los colores tenían forma física, tenían cuerpo. Lo que se movía dentro de las raíces eran enormes lombrices, una por cada conducto que conducía directamente al interior del cráneo del sujeto:
—En algún momento debía ocurrir —dijo con sosegada aceptación— , será como un encefalograma… por lo menos así, espero poder planchar las arrugas que hay en mi cerebro.

Éste símbolo significa que entre ambos párrafos hay un paréntesis durante el cual no recuerdo qué pasó, y prefiero puntuarlo a inventar contenido.

Éste símbolo sirve para separar la narración del sueño tal y como sucedió de los finales inventados en el libro.